Logan caminaba con Mía en brazos. Su cuerpo parecía inerte, cubierto de sangre seca, barro y marcas profundas en su costado. Sus cabellos rubios estaban enmarañados, salpicados por tierra y gotas de sudor frío. Su piel, pálida como la luna, contrastaba con la oscuridad de la noche que envolvía la manada.
—¡Doctor! —gritó Logan al entrar a la enfermería.
El doctor Adrik, un lobo mayor de mirada sabia y manos firmes, se levantó de inmediato al ver la urgencia reflejada en el rostro del alfa. Co