No puedo perderla

Primero fue una sensación difusa, como si su piel ardiera bajo una brisa helada. Un escalofrío le recorrió la columna y su cuerpo tembló ligeramente sobre la camilla, aunque estaba inconsciente.

Dentro de su mente, su loba comenzó a rugir, a gruñir desesperada, como si luchara contra cadenas invisibles que apretaban con fuerza cada fibra de su ser.

—¡Despierta, Mía! ¡Nos están envenenando! —aulló su loba, su voz hecha de instinto y fuerza salvaje resonando en las profundidades de su subconscie
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