La noche había caído como una sombra silenciosa sobre el bosque. Las estrellas eran pocas, opacadas por las nubes que anunciaban tormenta. Los árboles se mecían suavemente por el viento helado que soplaba desde el norte, como si la misma naturaleza presintiera lo que estaba por suceder.
Desde la ladera sur, un grupo de lobos malheridos cruzó a paso tambaleante el límite del territorio de la manada Colmillo.
Eran once. Sangre fresca chorreaba desde sus patas, hocicos y flancos. Algunos arrastra