La puerta del auto se abrió con un golpe seco, y Mía sintió cómo el aire frío de la noche le cortaba la piel. Sus manos temblaban mientras bajaba, sus pies sintiendo el peso de cada paso como si la tierra quisiera aferrarla, como si supiera que lo que estaba a punto de ver no sería fácil de olvidar.
El olor a sangre y pólvora estaba impregnado en el ambiente, mezclándose con el aroma áspero de la tierra húmeda y el humo que todavía flotaba tras el enfrentamiento.
Frente a ella, a pocos metros,