Owen descendió por las escaleras del sótano con Mía en brazos, como si llevara un trofeo robado.
Su mirada era fría, calculadora, pero había un brillo sádico en sus ojos que lo delataba. El cuerpo de Mía colgaba inerte, aún inconsciente, su cabeza recostada contra su pecho mientras el eco de sus pasos retumbaba en las paredes de concreto.
Cada peldaño que bajaba lo hacía con lentitud, disfrutando el silencio que precedía al caos, sabiendo que en ese sótano estaba a punto de desatarse el infie