Zoe dejó caer el cuerpo de Mía sobre el suelo frío y polvoriento de la vieja bodega subterránea en la manada colmillo, como si se tratara de un simple objeto sin valor.
El golpe seco resonó en el lugar, arrancando un murmullo grave de Juan, el beta de Owen, quien se inclinó de inmediato y la sostuvo con firmeza, acomodando sus brazos bajo el frágil cuerpo de la joven.
—Por fin… —dijo Zoe con una sonrisa torcida, sus ojos brillando con un deleite oscuro—. Esa zorra irá con tu amo.
Una carcajada escapó de su garganta, baja, venenosa, cargada de satisfacción. Juan frunció el ceño al escucharla, pero no respondió. El deber lo mantenía en silencio, aunque por dentro algo se removía con incomodidad.
El eco de la risa fue interrumpido por unos pasos pesados que se acercaban. Owen apareció en el umbral de la bodega, sus ojos como brasas encendidas, la sonrisa grabada en su rostro como una máscara de victoria. Sus labios se curvaron aún más al ver a Mía en brazos de su beta, inconsciente, vul