Mientras tantom en colmillo, Owen permanecía frente a Mía, mientras Zoe se retiraba tras recibir sus órdenes. Apenas la puerta de metal chirrió al cerrarse, el aire se volvió denso, cargado de energía contenida. Owen se giró lentamente hacia Juan, su beta más fiel, y un gruñido profundo brotó de su pecho. Sus ojos brillaban con una furia animal.
—Suéltala… —escupió con voz grave.
Juan titubeó apenas un instante, pero no desobedeció. Con un ademán obediente, aflojó las ataduras que sujetaban a Mía y la depositó con cuidado sobre la mesa de madera que ocupaba el centro de la bodega. El ambiente olía a humedad y a hierro oxidado, a encierro y desesperanza.
Owen fijó su mirada en Juan, y con una simple inclinación de cabeza le ordenó salir. El beta obedeció sin rechistar. La pesada puerta se cerró de nuevo, y el eco del cerrojo resonó como una sentencia.
Mía estaba allí, sola con su captor.
Owen se acercó despacio, dejando que el sonido de sus botas contra el piso retumbara en el silencio