El sol apenas se colaba por las cortinas gruesas de la enfermería cuando el doctor Adrik, con su bata blanca arrugada por tantas horas sin descanso, revisaba las últimas constantes de Mía.
Se frotó los ojos, incrédulo. Frente a él, el cuerpo de la loba seguía inconsciente, pero sus signos vitales eran impresionantes. La regeneración celular estaba fuera de lo normal, incluso para un ser sobrenatural como ella.
—No puede ser… —susurró, mirando el monitor que registraba la actividad de su sistem