El aire dentro del cuarto de interrogación estaba pesado, como si las paredes absorbieran cada sonido de la batalla que retumbaba a lo lejos. La única luz venía de un foco en el techo, parpadeante, proyectando sombras irregulares que parecían moverse con vida propia.
Mía estaba junto a la pared del fondo, observando a Luca que, de pie junto a la puerta, no dejaba de tensar y destensar las manos. El rugido lejano de un lobo, profundo y grave, resonó en su pecho.
La cerradura giró.
La puerta se a