El pasillo vibraba con cada paso del enorme renegado. Su respiración era un gruñido constante, caliente y cargado de un hedor salvaje. Mía permanecía inmóvil, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera huir antes que ella.
El hombre, o lo que quedaba de él, comenzó a transformarse. Su piel se desgarraba, revelando músculos tensos que se expandían a un ritmo antinatural. Los huesos crujían, reajustándose mientras una espesa capa de pelaje negro como la medianoche brotaba de su cuerpo.