Jacob estaba en la biblioteca, las manos aferradas a su cabeza como si quisiera arrancarse los pensamientos que lo atormentaban. La tensión en su mandíbula era evidente, sus ojos brillaban de ira y desesperación.
—¿Cómo puede ser posible…? —gruñó con la voz quebrada—. ¿Cómo demonios esa maldita zorra pudo estar engañando a Logan todo este tiempo?
La anciana, que permanecía erguida frente a él, lo observó con calma. Sus ojos, viejos y sabios, brillaban con un halo de tristeza. Asintió lentamente