Las antorchas chisporrotearon como si celebraran sus palabras. Y en ese instante, Teresa comprendió que había caído en una prisión de la que quizás nunca volvería a salir
Su rostro estaba ensangrentado, pero en sus labios persistía esa sonrisa altiva que lo enfurecía aún más.
—No deberías estar sonriendo —murmuró Owen, inclinándose lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor de su respiración—. No después de lo que hiciste.
Teresa lo miró con descaro. Sus ojos brillaban con un destello