Bajo la mirada plateada de una luna llena que parecía juzgar cada movimiento, la ceremonia alcanzó su clímax.
Meissa se erguía en el estrado de piedra
El Alfa dio un paso al frente.
El aire vibraba con su feromona dominante, una mezcla de madera quemada y tormenta.
Con una daga de hierro bendecida, trazó una línea fina en la palma de Meissa. La sangre, roja y brillante, goteó sobre el cáliz de piedra.
—Por mi sangre y mi alma, me ato a la Manada Luna Oscura —susurró Meissa, y su voz, aunque su