La noche siguiente
No era una noche cualquiera; el cielo se preparaba para recibir a la Luna Nueva,
Meissa permanecía inmóvil frente al espejo de plata, observando a la mujer que le devolvía la mirada.
Llevaba un vestido de seda blanca que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, pero lo que más destacaba era el enorme velo de un rojo intenso, casi del color de la sangre fresca, que caía desde su corona.
En su interior, su loba no dejaba de aullar.
Era un sonido de júbilo puro, una vibración