—¡Lysander! —la voz de Luna Meissa rompió el caos del campo de batalla como un grito desgarrado.
Corría entre escombros, sangre y el eco lejano de los últimos combates. Su respiración era errática, sus manos temblaban, y el miedo se le clavaba en el pecho como una garra invisible. Cuando por fin logró ver a Beta Itan entre los guerreros, se lanzó hacia él sin pensarlo.
—¡Dime dónde está mi marido! —exigió, con la voz rota, agarrándolo del brazo con desesperación.
Itan bajó la mirada, incapaz de