Meissa emergió de las profundidades de un sueño oscuro con un grito mudo atrapado en la garganta.
Se incorporó en la cama, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente mientras el sudor frío empapaba su túnica de seda.
Sus manos temblaban tanto que tuvo que enterrar las uñas en las sábanas para no perder el control.
En su mente, una imagen persistía: unos ojos de un color ámbar líquido, tan intensos que quemaban su alma.
“¿Quién es él?”, se preguntó, mientras su corazón golpeaba sus costillas