—Debí imaginar que te enfermarías— masculló mi tío—. Has estado mucho tiempo en Áthaldar y allí el clima es agradable pero aquí…
No lo dejé continuar. Me eché entre sus brazos y lo besé enternecida por su preocupación. Ahora que podía respirar su perfume suave y afrutado, tomaba conciencia de cuanto lo había extrañado y de lo segura que me sentía a su lado.
—Nos espera un banquete— anunció—. No todos los días contamos con la presencia de la Luna de Áthaldar.
El astil aceptó amablemente y regres