Alcé la mirada y encontré al astil muy divertido con las maniobras del pequeño, que insistía en tirarme del cabello.
— ¿Qué espera, majestad? — persistió.
— ¿Usted pretende quedarse aquí todo el tiempo?
—Por supuesto —me contestó—. Tengo el deber de cuidar a su majestad y cuando está enferma, es la obligación de los astiles permanecer a su lado para poder informarle luego al pueblo de su estado y en especial si el rey no se encuentra presente.
— ¿No puede dejar pasar por esta vez su obligación