El astil del fuego se incorporó encendido y con la misma dulzura con la que le hablaba caminé hacia él, para empujarlo suavemente por los hombros y obligarlo a permanecer sentado. El resto de los astiles y mi esposo me observaban desbordados por la sorpresa y el espanto, sin embargo, ninguno se atrevió a interrumpirme.
—Mi tío también me enseñó a no dejar que los rencores personales intervinieran en los asuntos de la corona, ya que mi principal deber es el de velar por el pueblo —continué—. Así