No fui capaz de contar los dedos marcados sobre mis hombros, ni los rastros de los dientes, simplemente corrí a buscar el primer traje que asomaba en los arcones y me vestí con él, asegurándome de no dejar visible las huellas de lo acontecido en la noche anterior.
—Majestad, la guardia está lista.
—Y yo también— le aseguré a la muchacha—. Por favor, acompáñame.
Ella se acercó, corrigiendo el orden de mis cabellos y la tomé de la mano o perdería el equilibrio.
— ¿Su majestad está segura de quer