Nuevamente se me hizo imposible ignorar la satisfacción que recorría mis entrañas y al arquearme, para permitirle que pudiera acariciarme, le advertí que su castigo dejaba de ser efectivo, por lo que se incorporó, escondiendo el rostro bajo mi cuello.
—No te detengas— me ordenó ahogado.
Él anhelaba que prosiguiera con mi danza, pero ya estaba cansada de ser utilizada y traté de alejarme, de abandonar ese lecho que compartíamos y sus brazos me aferraron. La opresión fue dolorosa y probablemente