Capítulo 7: Preciosa sorpresa

La puerta de la oficina se abrió de golpe.

―¡¿Señor se encuentra bien?! ―dijo Ulises que corrió a auxiliar una vez que escuchó el ruido.

―Atrás ―ordenó―. Sin movimientos bruscos, trae un calmante. ―Ulises acató la orden.

Russell se mantuvo quieto, sin perder el contacto visual con Helena, que había sacado a flote su naturaleza salvaje.

Aquella que su raza había obligado a ocultar para sobrevivir por años entre humanos.

Él sabía lo peligroso que era invocar aquella naturaleza sin un ambiente controlado con las personas correctas. Pues algunos se transformaron de forma permanente u otros enloquecieron por el resto de sus vidas.

Esperó cualquier movimiento, pero ella se dedicó a olfatear el aire con los ojos cerrados por el placer. Se acercó a él, gateó a ciegas.

Russell sabía que Helena nunca se había despertado, gracias a los informes casuales que recibió desde que los dos se habían comprometido.

Por lo que ser el único testigo de su primera transformación, le resultó... excitante.

Helena guiada por el aroma, colocó una mano en el grueso muslo de Russell y la otra en el amplio pecho.

Metió el rostro en el cuello y aspiró profundo, como para memorizar aquel olor tan fresco, como a hierbas aromáticas, como la menta.

Ella gruñó de puro gusto.

―Helena, despierta ―dijo Russell con una voz ronca, al borde de perder el control.

Ella sacó sus colmillos listos para morder. Él le tapó la boca con la mano justo a tiempo.

Aquellos caninos se les insertó en la piel, fue tan profundo que les hizo sangrar.

Russell no sintió dolor, más bien, sintió una euforia que le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, fascinado por el gran descubrimiento.

―Querida... nunca creí en esa estúpida leyenda, pero ahora puedo creer en cualquier cosa ―murmuró con la voz ronca.

Helena gruñó enfadada, su boca picó por morderle el cuello. La poca sangre que le pudo sacar fue deliciosa, así que chupó con ímpetu.

Russell se sintió tentado a perder la cordura y dejarse llevar, pero, había enemigos que podían sacar provecho con la “preciosa sorpresa”.

La sonrisa de Russell se esfumó. Inclinó la cabeza y la miró con seriedad.

―Preciosa, ahora no es un buen momento.

Estiró la mano libre para tomar el cabello desde la raíz y jalarla, separó aquellos dientes de su mano y tomó la frágil barbilla.

Vio a Helena, que tenía los ojos desenfocados y la boca abierta.

―Prometo darte muy buenas atenciones. Por ahora sé paciente, hasta que resuelva todo.

Russell enfocó la mirada en aquella boca apetecible de Helena. Tragó saliva y humedeció los labios con la punta de la lengua.

«¿Puedo probar? ¿Por qué no?» Pensó.

La puerta se abrió con lentitud. Russell suspiró frustrado por la interrupción y miró a Roger. El hombre de cabello castaño caminó con lentitud, con un paño en la mano. Se acercó con cuidado y se le entregó.

―Lo siento, cariño ―dijo antes de cubrirle la boca y la nariz con el paño.

Helena aspiró aquella toxina rancia que aplacó el aroma exquisito que estaba disfrutando. Luchó por quitárselo de la boca, pero Russell se lo impidió.

Ella respiró y perdió la conciencia con lentitud.

Cuando ella se desplomó sobre su pecho. El resto de sus ayudantes entraron apresurados para asistirlo con primeros auxilios.

―¿Se encuentra bien, señor? ―Ulises fue atento.

―Ninguna palabra de esto ―ordenó.

El chico asintió con la cabeza y el resto limpió la oficina en completo silencio, como si nada ocurrió, tal como él indicó.

***

A Helena le dio ganas de estirarse, después de un buen descanso.

Abrió los ojos y miró el techo, alto y gris. Se dio cuenta de que aquel lugar no era su habitación.

Miró a su alrededor, la oficina se iluminó con lámparas de pared, con la intensidad muy baja.

Vio el ventanal, ya era de noche. En el edificio vecino, algunas oficinas tenían las luces encendidas y otras no.

Se sentó en el sofá. Una chaqueta negr4 de tela se deslizó de su pecho hasta su regazo.

―¿A qué se debe tu visita? ―Helena se sobresaltó ante la voz de Russell.

Ella se sintió aliviada cuando lo vio a él, sentado en su silla, detrás de aquel enorme escritorio de madera barnizada.

Se levantó, pero, por alguna extraña razón, sintió un dolor en las rodillas.

―Vine porque quería hablar con usted. ―Helena frunció el ceño―. ¿Qué pasó?

―Está bien. Te desmayaste por mi peso. Perdón.

«¿Me desmayé por eso?». Helena miró con extrañeza a su jefe. «¿Se disculpó?».

Ella no divagó mucho porque se dio cuenta de que Russell la miró sin pestañear.

En automático desvió su vista hacia algo más. Por alguna razón, aquellos ojos se volvieron más intensos, más difíciles de sostener.

Se dio cuenta de la ausencia de la mesa. «¿Qué pasó?». Se quedó con la pregunta en la boca, pues no quería que el maldit0 le cobrase.

―Ya es muy tarde, mi suegra... tu madre, te está esperando ―dijo Russell con suavidad.

―¡No! Seré rápida, lo juro. ―Ella ignoró aquella palabra incómoda.

Russell enarcó una ceja. Luchó por no sonreír. Helena se acercó a él con timidez e ignoró el dolor en las rodillas.

―Adelante. ―Él la alentó.

―Quiero ayudarle en la investigación.

―No. ―Fue rotundo.

Las facciones de Russell se deformaron por el disgusto.

Helena no esperó aquella rapidez ni la actitud.

―De verdad, quiero ayudarte.

―¿Sabe infiltrarse? ¿Espiar? ¿Torturar? ¿Tiene alguna red de información? Más importante, ¿sabe defenderte?

Se quedó muda ante la ráfaga de preguntas. Intentó responder, pero nada de eso pudo hacer. Recordó algo.

―¡Tengo la oficina de mi padre!

Russell bufó divertido.

―Cualquier información que tenga la policía, yo ya la tengo en mis manos.

Helena se sintió desarmada. Sabía que Russell tenía ojos y oídos en muchas partes.

Lo que ella ofreció no le fue muy importante para él; de lo contrario, hace tiempo habría obtenido el acceso a la oficina.

―Entiendo, buenas noches ―Ella dijo en tono plano.

No se atrevió a decir algo más, se giró y se marchó. Hizo nota mental de no volver a buscarle.

Tomó el pomo de la puerta y una enorme mano se colocó sobre la de ella. Helena se asustó, ¿cuándo llegó a ella?

―Yo te llevo.

Él colocó la mano sobre la de ella y jaló. Le sostuvo la puerta para que ella saliera. Helena salió sin mirarle, pues no quiso relacionarse con él.

Ya en casa revisó sus rodillas.

No vio herida alguna.

Le pareció extraño, pues el dolor siguió ahí, como un fantasma.

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