Capítulo 8: Primera misión

Helena se sintió agotada.

Después del rechazo, mantuvo la costumbre de todas las tardes a revisar la oficina, luego del trabajo.

Pero Ulises la contactó para dar otro espectáculo del matrimonio Russell, para justo esa noche.

Se cambió con la ropa y accesorios que le trajo el chico. Helena le devolvió el vestido azul de la última vez, él tomó los artículos, menos las joyas.

Ulises se excusó con que podían servir para otra reunión. Así que se maquilló con ligereza y, ya lista, abordó el auto.

Se sintió incómoda con Russell a su lado, pues él había ido por ella personalmente. Se obligó a mantener los ojos en la ventana, no dispuesta a conversar con él.

Pues lo consideró un hombre infiel que tenía una pareja escondida.

Aquello le había comido la cabeza por días, «¿por qué te casaste conmigo?».

El contrato dictó tres años de matrimonio, y ella estaba segura de que él tenía algún plan bajo la mesa.

Se sintió enfadada de que Russell le hiciera tal cosa a su pareja.

Tenía miedo de que esa Luna apareciera y la malinterpretara en todo. Pensó en que si ella quisiera matarla, automáticamente derramaría toda la culpa a su jefe.

Y si la Luna aún quería su cabeza, le pediría que tomara primero la de su amante infiel., pues él fue el principal culpable.

El silencio fue mortal en el interior del auto. La tensión en el ambiente le erizó la piel. Sintió un par de ojos clavados en su costado.

―Te queda bien el rosa viejo ―comentó Russell, con una voz baja.

―Gracias ―dijo con frialdad.

Helena miró su bonito vestido largo y brillante. Alisó con la mano la falda.

―Somos una pareja recién casada. ―Helena se detuvo ante el comentario de Russell―. Debido a la desgracia, nos acercamos más y nos enamoramos. Por eso nos casamos de inmediatos. Porque nos amamos con locura.

La cabeza de Helena giró mecánicamente, vio a su jefe/marido tranquilo viendo la ventana.

Él giró la cabeza y la miró con indiferencia, aunque aquellos ojos negr0s tenían un brillo distinto.

―Esa es la historia que se cuenta entre los círculos sociales. Nuestra historia. ―Agregó él.

―¿Qué se supone que debo hacer? ―preguntó confundida.

―Actúa como una enamorada.

El silencio de Helena fue pesado.

―No sé cómo hacer eso. ―Fue sincera.

Russell frunció el ceño. No creyó que no lo hubiera hecho, aunque los informes confirmaron las palabras de Helena.

Una ira inexplicable se gestó en su interior al solo imaginarla embobada por otro tipo, aplacó aquel sentimiento como pudo.

Le desagradó esa nueva sensación.

―Entonces disimula tu enojo y no digas más de la cuenta ―comentó un tanto amargado.

El auto llegó al destino. Helena vio el gran edificio de estilo Art Déco, alto e imponente.

―Si quieres ayudarme, trata de acercarte a Madan Dubois ―susurró Russell.

Helena le miró con sorpresa. «No me digas, ¿una misión?». Se le dibujó una enorme sonrisa.

Entraron al edificio, Helena usó sus mejores dotes de actuación y se aferró al brazo de su jefe/marido para simular la cercanía.

No fingió su sonrisa; fue una auténtica felicidad.

Él se acercó a ella para darle unas breves explicaciones sobre el evento, una conmemoración hacia un pintor nacional. Ella fingió timidez como si él le susurrara palabras de amor a su oído.

Russell a veces se congeló por su comportamiento abiertamente coqueto, mal actuado. Pero decidió sellar la boca para no enfadarla.

Hizo unas pocas presentaciones con personas de interés, hasta que vio el objetivo.

Le indicó a Helena quién era y algo de información. Ella fijó su mirada en la dama elegante.

Dio un paso, pero Russell la tomó por la cintura y le susurró en el oído:

―No te presiones. Si no puedes hacerlo, retírate antes de levantar sospechas.

Helena, sonriente, levantó la mano para tomar su mentón y se apegó más a sus labios. Como si recibiera un beso, de forma distraída.

―Entendido, cariño ―dijo sin despegar sus ojos del objetivo.

La mente de Russell quedó en blanco por un momento. Sintió un hormigueo en los labios y en las manos, aunque Helena se había retirado.

Exhaló una bocanada de aire con frustración. No estaba seguro de que haberle impuesto esa misión, en último momento, fuera lo correcto

Helena se deslizó entre la gente. Con disimulo miró a la dama, pero al estar rodeada de otras señoras de alta alcurnia, no se sintió confiada como para hablarle directamente.

Caminó hasta la mesa de bocadillos, y un mesero le tendió una bandeja llena de copas. Tomó una para mantener las apariencias. Aquella dama se movió de grupo en grupo.

―Linda velada, ¿no?

Helena miró a su lado.

Un hombre enorme la miró con aquellos ojos color miel y una sonrisa ladina.

―Ah, sí, sí... ―dijo distraída.

Buscó su objetivo de nuevo. Lo perdió de vista.

―Un poco asfixiante, tal vez ―murmuró y siguió buscando con la mirada.

El comentario de Helena le hizo reír.

―¿Disculpe, cuál es su nombre? ―El hombre, con un aura accesible, le preguntó.

Helena casi respondió de inmediato, pero le miró detenidamente.

Los rasgos eran cincelados y joviales. Su piel bronceada le dio un aura cálida. El cabello castaño claro, casi rubio, era corto y rebelde.

A Helena le prestó atención a esos mechones salvajes que parecían haberse colocado en un desorden calculado. Y el traje claro que le hizo sobresalir del resto.

Ella sospechó que era un extranjero debido al estilo de sus prendas y sus rasgos.

―Helena ―dijo y nada más.

La cara del hombre se congeló y la observó con asombro. Ella se dio cuenta del cambio de humor y decidió retirarse por miedo a ser descubierta.

Ella se marchó con una despedida sencilla. El hombre no reaccionó rápido y ella escapó.

Él la siguió, pero se frenó debido a una amenaza silenciosa en el aire dirigida hacia él.

Buscó al atacante y vio a un hombre imponente con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, con la mirada fría clavada en él.

Russell había visto todo el intercambio a pesar de la distancia y la cantidad de personas entre ellos.

Pero no se movió, solo vigiló a Helena por si necesitaba ayuda. El hombre de aura cálida sonrió y saludó con la cabeza. Russell no le correspondió.

A aquel hombre le resultó gracioso ver la actitud terca de Russell; pensó en que no había cambiado. Se dio la vuelta para retirarse. Su rostro se endureció al recordar lo peligroso que era ese tipo.

Se reprendió por no tener cuidado y obligó a ser más paciente. Después de todo, estaba en territorio ajeno y no podía causar un problema.

Aunque se sintió renuente por dejar atrás a Helena otra vez, prometió regresar muy pronto.

Helena se apartó del evento. Se sintió asfixiada, pero no dejó de buscar a su objetivo.

Suspiró impotente.

Vio la copa en su mano, dio un trago al vino, lo sintió muy fuerte. Recordó a su suegra y se preguntó cómo bebió aquello con tanta facilidad.

Miró el pasillo que tenía unas plantas y sillones cómodos, y se sentó en una para aliviar sus pies hinchados. Dejó la copa en el suelo...

―Disculpe, pensé que estaba libre.

A Helena se le iluminaron los ojitos al ver su objetivo que se asomó al pasillo.

―¡No! Digo, está bien, no se preocupe. Puede pasar. Hay espacio para ambas.

La dama miró a su alrededor, pero al no ver otro lugar libre, se acercó a Helena.

Helena luchó para no sonreír como una loca y mantuvo una actitud serena y sonriente, como la que usó en su trabajo como recepcionista.

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