Gritos de dolor resonaron en las paredes.
Russell tiró la llave inglesa ens4ngrentada sobre una mesa metálica. Se quitó los guantes con indiferencia y los tiró a la basura. Tomó el móvil que Ulises le extendió y conectó la llamada.
―¿Qué dije sobre usar tus métodos? ―Escuchó la voz de Gloria, le regañó con ira.
―¿De qué habla, madre? ―Él se hizo el tonto.
El gemido de dolor alcanzó el micrófono del móvil. Russell hizo un movimiento con la mano para que un subordinado tapara la boca del tipo. Lo hizo, pero fue tarde.
―¡Jack Russell! ¡A mí no me engañas!
Él apartó el oído del móvil y en silencio recibió todo el parloteo de Gloria. No duró mucho el arrebato de ira y como si nada, ella le informó sobre otros asuntos.
―Sabes que no me gusta interferir en nada de lo que haces, pero disimula más tus métodos. Los humanos se han alarmado con las huellas que dejaste.
―Entendido. Haré lo que pueda. ―Russell no prometió.
Colgó la llamada y retiró el delantal de plástico color azul claro, con gota