La loba abrió los ojos.
Con lentitud retomó el control de su cuerpo. Bostezó abriendo su hocico y estiró las patas delanteras con pereza sobre su nido. Un día más en ese extraño lugar.
Olfateó el entorno, al principio sintió el peligro a su alrededor y se defendió con todo lo que pudo de unas criaturas lampiñas que no pararon de acercarse.
Afortunadamente, la dejaron en paz luego de darles unas mordidas, excepto una.
Por alguna razón esa hembra fue paciente con ella y su fragancia le dio una comodidad inexplicable. Cada vez que vino a su nido, la hembra le habló con una voz suave y le dejó comida.
Al principio se escondió y no quiso comer, pues no confiaba en nadie. Pero el hambre le ganó y comió lo que aquella hembra le dejó.
Con el tiempo engordó y se volvió más ansiosa. Quería salir al exterior y atravesar corriendo al bosque que estaba a unos pasos de su nido, pero tuvo miedo.
Sin alternativa, se desestresó con una cosa: destrucción de cosas innecesarias en su nido.
Sacó rellenos