Russell nuevamente había llegado al límite.
―¿Cómo es posible que nuestra Luna fuera secuestrada?
―¡¿Quién se atrevió?!
El grito de los ancianos no se hizo esperar. La noticia había causado un gran revuelo.
Russell permaneció callado, esperando a que todos se calmaran por sí solos. Su cabeza ya estaba palpitando por el murmullo y los gritos.
―No entiendo, ¿qué estaban haciendo los guardias de la Luna? ¿Qué está tramando joven Russell?
Las miradas hacia él se mezclaron entre sospecha y sorpresa.
Russell salió de su distanciamiento cuando aquel hombre habló. Sus ojos apagados se enfocaron en ese anciano que estaba a punto de darle caza.
―Por fin le vuelvo a ver, señor Thompson ―habló Russell.
El lobo, de casi trescientos años, tenía la apariencia de un humano de noventa. Encorvado, pálido y arrugado. Sus ojos azules se volvieron grises con el paso de los años. Su rostro estaba salpicado de viejas pecas. El cabello de hebras delgadas, eran tan blancas como una nube.
―¿Qué está