Russell estaba al límite.
―¿Señor está seguro de esto? ―preguntó Ulises.
El cuerpo del joven Beta tembló de miedo. Su jefe había permanecido quieto durante dos horas en el mismo sitio.
Parecía una estatua viviente con la mirada posada en el gran ventanal del edificio. Ya ni sabía si estaba admirando la ciudad o solo estaba inmóvil.
Uno de los científicos del laboratorio de Gloria terminó de preparar la jeringa. Tomó la bandeja con el objeto con sus manos envueltas en guantes clínicos.
―Todo está listo, señor ―dijo con voz suave, sin mirarle a los ojos.
Russell, quien no había reaccionado a nada, se movió.
Se giró con lentitud. Ulises se volvió pálido al ver el rostro de su jefe. Su respiración se aceleró y su miedo le paralizó por completo.
El científico, a su lado, notó la reacción del chico. Levantó la mirada por curiosidad. Casi dejó caer la bandeja con la jeringa cuando vio el rostro de Russell deformado.
La boca se había estirado, formó una especie de hocico humanoide. Un corto c