Cruzamos el jardín con paso seguro. Alejandro mantiene su brazo firmemente rodeando mi cintura. En cada paso, siento el calor de su mano en la curva de mi espalda, el roce sutil de sus dedos contra mi vestido y esa tensión casi eléctrica que vibra en el aire. Fingimos. Claro que sí, pero hay algo en su agarre, en la manera en que nuestros cuerpos se adaptan sin esfuerzo, que me hace preguntarme si seguimos actuando... o si ya no podemos dejar de tocarnos.
La galería cubierta está llena de mesas