La luna sangrienta teñía el campo de batalla con un resplandor carmesí, convirtiendo cada gota de sangre derramada en un espejo del firmamento. Helena sentía el aire cargado de muerte, magia y desesperación. Los vampiros del clan Noctis se movían como sombras entre los árboles, mientras los hechiceros del Concilio lanzaban destellos de luz que cortaban la oscuridad.
En medio del caos, Helena apenas podía mantenerse en pie. Algo en su interior palpitaba con vida propia, una energía ancestral que