El bosque se había sumido en un silencio inquietante. Los árboles, testigos mudos de siglos de historia, parecían contener la respiración ante lo que se avecinaba. La manada de Darius se había reunido en el claro principal, sus rostros tensos reflejaban la luz de la hoguera que crepitaba en el centro. Ayleen permanecía apartada, consciente de las miradas recelosas que se posaban sobre ella.
Desde que la noticia de la luna sangrienta se había extendido, el ambiente se había vuelto cada vez más hostil. Lo que antes eran susurros ahora se convertían en exigencias abiertas.
—No podemos arriesgarnos —la voz de Kalen, uno de los lobos más antiguos, resonó en el claro—. La luna sangrienta está a horas de aparecer. Si ella pierde el control, todos estaremos en peligro.
Darius permanecía de pie, su figura imponente recortada contra las llamas. Su rostro, normalmente impenetrable, mostraba signos de preocupación.
—No ejecutaremos a nadie —respondió con voz firme—. Ayleen es parte de nosotros ah