El grito desgarró la noche como una daga. Helena despertó sobresaltada, con el pecho ardiendo como si le hubieran aplicado un hierro al rojo vivo. La habitación que le habían asignado en la mansión del clan Valerius se iluminó con un resplandor rojizo que emanaba de su propia piel. Intentó incorporarse, pero el dolor la doblegó, haciéndola caer de rodillas junto a la cama.
—¡Ayuda! —logró articular, aunque su voz apenas fue un susurro ahogado.
El dolor se intensificó, extendiéndose desde el cen