El grito desgarró la noche como una daga. Helena despertó sobresaltada, con el pecho ardiendo como si le hubieran aplicado un hierro al rojo vivo. La habitación que le habían asignado en la mansión del clan Valerius se iluminó con un resplandor rojizo que emanaba de su propia piel. Intentó incorporarse, pero el dolor la doblegó, haciéndola caer de rodillas junto a la cama.
—¡Ayuda! —logró articular, aunque su voz apenas fue un susurro ahogado.
El dolor se intensificó, extendiéndose desde el centro de su pecho hacia sus hombros, brazos y cuello. La marca que había aparecido días atrás, aquel símbolo que Damián había identificado como parte de la maldición ancestral, palpitaba con vida propia bajo su piel.
La puerta se abrió de golpe. Damián entró como una sombra, sus ojos brillando con alarma en la penumbra.
—Helena —murmuró, arrodillándose junto a ella—. Está sucediendo más rápido de lo que temía.
Sus manos frías tocaron los hombros de Helena, proporcionando un alivio momentáneo que p