El amanecer apenas se insinuaba entre las copas de los árboles cuando Helena lo notó. Aquel rastro carmesí que descendía por la corteza del roble centenario no era savia. La sustancia, demasiado espesa y brillante bajo la tenue luz matutina, formaba un patrón que parecía palpitar con vida propia. Extendió su mano, deteniéndose a milímetros de tocarlo.
—No lo hagas —la voz de Darius surgió a sus espaldas, firme como el acero—. Es una marca territorial.
Helena se giró para encontrarse con su mira