El amanecer llegó teñido de rojo. La grieta entre los mundos seguía latiendo en el corazón del bosque, como una herida abierta que no sanaba. Los árboles cercanos habían muerto durante la noche, drenados de vida por la energía que escapaba del otro lado. Y sin embargo, el silencio que reinaba no era el de la muerte, sino el de la espera.
Ardan, de pie en el borde del umbral, mantenía los brazos extendidos. Los círculos de protección apenas contenían la presión mágica. Cada