Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre la manada como una advertencia. No era una tormenta común: el cielo sangraba. Nubes violáceas se arremolinaban con furia sobre el campamento, y los árboles más viejos crujían como si sus raíces sintieran un terror ancestral.
Ardan corrió hacia la zona de vigilancia. Desde lo alto de la torre de piedra, observó cómo una grieta de energía oscura se abría entre el bosque. No era una herida física, sino una brecha en el tejido mismo de la realidad.
—¡Es el