El aire en la aldea estaba cargado de una electricidad nueva. No era temor, ni siquiera respeto… era algo más visceral. Instinto. Todo ser vivo en el campamento, desde los más jóvenes hasta los ancianos, sentía que ese niño no era ordinario.
Y aún así, nadie se atrevía a ponerlo en palabras.
Kael y Lía lo miraban a la distancia, sin hablar entre ellos, pero compartiendo un mismo pensamiento: “¿Por qué me duele el pecho cuando lo miro?”.
El niño había sido insta