—Todo estará bien… todo estará bien… —canturreaba en un susurro tembloroso mientras acariciaba con suavidad los cabellos del niño dormido.
Su cabeza descansaba sobre mis piernas, con el rostro relajado, ajeno aún al caos. Eva se había marchado hacía apenas unos minutos y la casa se sumía en un silencio absoluto, tan profundo que cada crujido de la madera parecía un grito contenido. La penumbra envolvía el salón como un sudario, y mi mente era un torbellino de pensamientos confusos, atropellado