—¿Tú lo sabías? —pregunté, al escuchar cómo sus pasos se detenían detrás de mí.
Estaba de pie frente a la caseta vacía. No había rastro de él en toda la casa… o, al menos, en los lugares que había logrado revisar. Maldito lugar, lleno de puertas cerradas, de secretos que se aferraban a las paredes y de maldiciones que parecían respirar en cada rincón.
—No… hasta hace muy poco —contestó Kael en un susurro que apenas rompió el silencio.
—¿Sabes dónde está?
—No.
—¿Sabes si está vivo?
—No —repitió