Las luces parpadeaban inquietas, como si algo invisible las estrangulara y las soltara en un juego cruel. Un escalofrío reptó por mi espalda cuando los libros comenzaron a temblar en los estantes, emitiendo crujidos secos, como huesos que se resquebrajan. Las velas, alineadas a cada lado del cáliz, se encendieron de golpe con un chasquido, derramando un resplandor dorado que dibujó sombras retorcidas sobre las paredes. Un olor acre, a cera derretida y papel quemado, se mezcló con un aroma metá