—Los hijos son algo curioso… —murmuró Eva con voz pausada mientras comenzaba a pasearse lentamente de un lado a otro de la habitación, como una sombra acechante. Sus dedos acariciaban distraídamente los respaldos de los sillones antiguos, y el eco de sus tacones se mezclaba con la gravedad de sus palabras—. Los llevas en tu vientre, los alimentas con tu cuerpo, los traes al mundo entre gritos, sangre y un dolor que te desgarra… Y luego, ellos pasan el resto de su vida infligiéndote dolor a ti,