— ¡Lo odio! ¡Voy a matarlo! — estallé, la voz rota entre rabia y desespero.
— Shh, no hagas promesas que no puedes cumplir. — Antuan sonrió con esa calma exasperante que parecía diseñada solo para encender aún más mi furia.
— ¿Hay algo de todo esto que te resulte divertido? — pregunté colérica, clavando mis uñas en la madera de la mesa.
— Casi todo, la verdad. — se recostó hacia atrás en su silla, con la mirada chispeante de ironía. — El destino tiene sus maneras retorcidas de acomodar las cos