La puerta de la caseta chirrió cuando la empujé para salir. El aire del atardecer estaba cargado de humedad, y el leve aroma a tierra mojada se mezcló con el penetrante olor a madera recién cortada. Kael estaba apoyado en el marco, esperándome con los brazos cruzados. Su silueta recortada contra la luz tenue proyectaba una sombra alargada que parecía envolverme.
—Cada vez pasas más tiempo allá adentro —dijo, con la voz grave y un matiz de reproche.
—¿Qué quieres? —contesté sin mirarlo, esquiva