—Me encanta el nuevo estilo —dijo Selyna con un suspiro, mientras se apoyaba en el marco de la puerta. Su voz sonaba suave, casi nostálgica—. No creo que sea suficiente, pero me gusta cómo te queda.
Suspiré también, esta vez frente al espejo agrietado del baño. La luz amarillenta colgaba del techo, temblando con cada corriente de aire que se colaba por la ventana mal cerrada. Pasé los dedos con delicadeza por las puntas rojizas de mi cabello recién cortado, aún húmedas por el tinte. A mis pies