La luz del atardecer entraba por la ventana como un suspiro dorado, acariciando la tela del ceñido vestido rojo.Nunca había llevado algo así. El escote en forma de corazón realzaba mis clavículas y el largo de mi cuello, y las finas tiras descansaban sobre mis hombros con una delicadeza que me hacía sentir frágil… pero poderosa. La tela, suave y ligera como el viento, caía desde mi cintura en ondas brillantes, rozando el suelo con una elegancia que no parecía mía.
Me observé con detenimiento.