Desperté en una habitación clara, iluminada por una luz suave que se filtraba a través de unas cortinas blancas, vaporosas, que se mecían ligeramente con la brisa. El aire olía a incienso, a lavanda y sándalo, como si alguien hubiera querido crear un ambiente de calma artificial. Me incorporé con dificultad, sintiendo un peso extraño en el cuerpo. Las sábanas olían a limpio, a recién lavado, y estaban impecablemente extendidas sobre la cama. No había mucho más en la habitación: solo una mesill