Eiden bajó las escaleras de dos en dos, con el metal frío de su arma pesando en su mano y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El aire en el salón era irrespirable, una mezcla densa de ozono, pólvora y ese olor dulzón a carne quemada que habían dejado los rayos de Alana. Al llegar al último escalón, sus botas resbalaron sobre una capa de ceniza negra, los restos de los guerreros de la Secta que se habían atrevido a cruzar el umbral minutos antes.
—¡Eiden! ¡A la derecha!