Eiden bajó las escaleras de dos en dos, con el metal frío de su arma pesando en su mano y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El aire en el salón era irrespirable, una mezcla densa de ozono, pólvora y ese olor dulzón a carne quemada que habían dejado los rayos de Alana. Al llegar al último escalón, sus botas resbalaron sobre una capa de ceniza negra, los restos de los guerreros de la Secta que se habían atrevido a cruzar el umbral minutos antes.
—¡Eiden! ¡A la derecha! —rugió Deerk desde detrás de un aparador volcado.
Eiden se agachó por instinto justo cuando un proyectil de plata silbaba sobre su cabeza, incrustándose en la madera de la escalera. No perdió tiempo en apuntar; disparó dos veces hacia la brecha abierta en la puerta principal. Un grito ahogado le indicó que había dado en el blanco.
—¡Son demasiados! —gritó Leo, que estaba apostado cerca de la ventana destrozada, recargando su fusil con manos temblorosas—. Se están agrupando en el jardín. Si no lo