Eiden se quedó callado después de lo que me dijo en el lago. No intentó tocarme. No intentó abrazarme. Yo tampoco me acerqué. Seguía sentada con la toalla sobre los hombros, mojada, con frío y con demasiadas cosas en la cabeza. El agua me corría por la espalda sin darme alivio. La noche estaba quieta, pero dentro de mí todo estaba en conflicto.
Escuché pasos detrás de nosotros. No tuve que girarme para saber quién era.
—Eiden —dijo Lena.
Él levantó la cabeza despacio. Yo no me moví.
—Tengo que