Eiden se quedó callado después de lo que me dijo en el lago. No intentó tocarme. No intentó abrazarme. Yo tampoco me acerqué. Seguía sentada con la toalla sobre los hombros, mojada, con frío y con demasiadas cosas en la cabeza. El agua me corría por la espalda sin darme alivio. La noche estaba quieta, pero dentro de mí todo estaba en conflicto.
Escuché pasos detrás de nosotros. No tuve que girarme para saber quién era.
—Eiden —dijo Lena.
Él levantó la cabeza despacio. Yo no me moví.
—Tengo que hablar contigo.
—Ahora no.
—Es importante.
—Todo es importante ahora —respondió sin mirarla.
Lena apretó los labios. Se me quedó viendo, como esperando que yo dijera algo. No lo hice.
—Alana…
—Luego seguimos —dije sin mirarla—. Ve con ella.
Eiden frunció el ceño.
—No tengo nada que hablar con ella.
—Sí lo tienes. Y no quiero estar en medio.
No levanté la voz. No estaba suplicando. Era una orden con cansancio. Me miró varios segundos. Yo ya había decidido. No quería escuchar esa conversación. No