No sabía cuánto había dormido. Podían haber sido minutos o horas. Cuando abrí los ojos, la habitación estaba igual de oscura que antes. No había cambiado nada afuera. Solo sentía el pecho apretado y un ruido sordo en mi cabeza.
No podía seguir allí. No quería seguir allí.
Me levanté sin prender la luz. Tomé un suéter y salí del cuarto en silencio. La casa estaba fría, demasiado silenciosa para la cantidad de lobos que había dentro.
No me importó. No revisé si alguien me escuchaba. Solo abrí la