El silencio entre nosotros era espeso, casi insoportable.
La luna bañaba el jardín con una luz pálida, y el viento movía las hojas como si el bosque respirara junto a nosotros.
Reyk no me miraba.
Tenía los ojos fijos en la nada, en algún punto lejano del bosque, y cuando habló, su voz era apenas un hilo quebrado.
—Lucian y yo estábamos afuera… —empezó, con dificultad—. Fue hace muchos años. Teníamos diecisiete y dieciocho. Tú apenas nueve.
Me quedé quieta. El temblor de su voz me obligó a escuc