No sabía cuánto tiempo había pasado desde que el coche desapareció entre los árboles.
Las luces se apagaron pronto, pero el ruido del motor siguió un rato más, alejándose por el camino de tierra hasta que el silencio lo devoró todo.
El jardín estaba inmóvil.
Solo el sonido de los grillos llenaba el aire.
Me quedé allí, de pie, sin poder moverme.
Aún podía olerlos.
El aroma de Reyk, el de Leo… y el de Eiden, que era diferente, más denso, más cálido.
Cerré los ojos e inhalé hasta que el aire dejó