El jet aterrizaría en un terreno despejado, a unos kilómetros de la mansión, por seguridad. Lena no quería señales visibles de movimiento cerca de su propiedad.
Leo se quedó en la casa conmigo.
Lucian dormía todavía, sedado. El suero azul lo mantenía en un sueño pesado, sin las voces que lo atormentaban. Aun así, su respiración sonaba irregular, como si algo en su interior no estuviera dormido del todo.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Leo, sentado frente a la chimenea.
—No. —Mentí.
—Sí lo estás.